Los corredores bioceánicos de América del Sur cortan la geopolítica natural norte-sur

América del Sur atraviesa un momento decisivo en su historia geopolítica. Lejos de los conflictos bélicos tradicionales, la disputa

La infraestructura como disputa de poder en el siglo XXI

América del Sur atraviesa un momento decisivo en su historia geopolítica. Lejos de los conflictos bélicos tradicionales, la disputa por el poder y la soberanía se libra hoy en el terreno de la infraestructura, la logística y el comercio internacional. En este escenario, los corredores bioceánicos impulsados desde comienzos del siglo XXI han redefinido los flujos económicos del continente, alterando su geopolítica natural de integración norte-sur y consolidando ejes transversales orientados a la exportación de recursos hacia los mercados globales.

La Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), nacida en la Cumbre de Presidentes de América del Sur en Brasilia, planteó un ambicioso programa de interconexión física del continente. Su objetivo formal fue integrar a los países sudamericanos mediante carreteras, puertos, hidrovías, pasos fronterizos, redes energéticas y telecomunicaciones. Sin embargo, a más de dos décadas de su lanzamiento, el debate sigue abierto: ¿integración para el desarrollo interno o corredores pensados para exportar materias primas hacia los puertos del Pacífico y el Atlántico?

En este contexto surge una pregunta central para la Argentina y, en particular, para la Patagonia: ¿cómo equilibrar los corredores transversales oeste-este con los ejes verticales norte-sur que estructuran el territorio nacional? La respuesta puede definir el modelo de desarrollo de las próximas décadas.

IIRSA: origen, objetivos y arquitectura geopolítica

La IIRSA fue presentada oficialmente en el año 2000 durante la Cumbre de Presidentes realizada en Brasilia. Participaron doce países sudamericanos, con la intención de coordinar inversiones en infraestructura estratégica. La propuesta se organizó en Ejes de Integración y Desarrollo (EID), que buscaban articular territorios con potencial productivo pero escasa conectividad.

Estos ejes se estructuraron mayormente en sentido oeste-este, conectando:

Regiones productivas interiores con puertos del Atlántico.

Zonas agrícolas y mineras con salidas al Pacífico.

Cuencas hidrográficas como la del Amazonas o el Plata con mercados internacionales.

Desde una perspectiva técnica, el programa resultó innovador: planificación multinacional, identificación de proyectos prioritarios y financiamiento multilateral. Pero desde el punto de vista geopolítico, implicó una reorganización profunda del espacio sudamericano.

Los corredores bioceánicos: integración o extractivismo

Los llamados corredores bioceánicos conectan Brasil, Bolivia, Paraguay, Argentina y Chile mediante rutas, ferrocarriles y puertos que atraviesan la Cordillera de los Andes. El objetivo es facilitar la salida de commodities —soja, carne, litio, minerales, hidrocarburos— hacia los mercados asiáticos, especialmente China.

Por eso algunos analistas han denominado a estos corredores como “las nuevas venas abiertas de América Latina”, evocando el célebre libro de Eduardo Galeano. La metáfora sugiere que la infraestructura, lejos de transformar la matriz productiva, puede profundizar la dependencia primaria exportadora.

Principales características de los corredores bioceánicos:

Orientación transversal oeste-este.

Fuerte énfasis en exportaciones primarias.

Integración funcional a cadenas globales.

Menor articulación con economías regionales internas.

La pregunta estratégica es clara: ¿quién controla el sentido del desarrollo? ¿El territorio organiza su producción para sus pueblos o para abastecer mercados externos?

La ruptura de la geopolítica natural norte-sur

Históricamente, la Argentina se estructuró territorialmente en sentido norte-sur. Desde la consolidación del Estado nacional en el siglo XIX, las rutas, ferrocarriles y flujos migratorios siguieron esa lógica longitudinal.

La Cordillera de los Andes actuó como barrera natural al oeste, mientras que el Atlántico configuró la salida principal al comercio exterior. El eje Buenos Aires–Patagonia consolidó una relación centro-periferia vertical.

Los corredores bioceánicos alteran esa lógica histórica al introducir una red transversal que conecta regiones interiores directamente con puertos chilenos o brasileños, debilitando el esquema tradicional.

Esta transformación no es neutra: modifica prioridades presupuestarias, redirecciona inversiones y redefine nodos logísticos.

La Ruta Nacional 40: columna vertebral inconclusa

En el sentido norte-sur, la Argentina posee una arteria estratégica: la Ruta Nacional 40.

Con más de 5.000 kilómetros de extensión, recorre el país desde La Quiaca hasta el extremo sur de Santa Cruz, atravesando once provincias y bordeando la Cordillera de los Andes.

Importancia estratégica de la Ruta 40

Integra territorialmente regiones aisladas.

Potencia el turismo interno y extranjero.

Articula economías regionales.

Consolida presencia estatal en zonas de frontera.

Refuerza la soberanía sobre la Patagonia.

Sin embargo, aún existen tramos sin pavimentar y sectores con infraestructura deficiente. Terminar su asfaltado no es solo una obra vial: es una decisión geopolítica.

Mientras los corredores bioceánicos facilitan la salida de recursos hacia el exterior, la Ruta 40 fortalece la cohesión interna.

Ruta Nacional 50 y el proyecto de AIMAS

Otro eje estratégico norte-sur es el proyecto de la Ruta Nacional 50, impulsado por AIMAS.

La iniciativa propone consolidar un corredor vertical complementario a la Ruta 40, con enfoque productivo y logístico, que permita integrar regiones interiores con puertos y centros urbanos sin depender exclusivamente de ejes transversales.

Objetivos del proyecto:

Desarrollar infraestructura logística propia.

Reducir costos internos de transporte.

Integrar cadenas de valor nacionales.

Complementar los corredores bioceánicos.

La clave no es oponerse a la integración regional, sino equilibrarla.

Complementar corredores transversales y verticales

La integración física no debe concebirse como un juego de suma cero. Los corredores oeste-este pueden ser útiles si se articulan con ejes norte-sur sólidos que fortalezcan la producción interna.

Un país con infraestructura equilibrada:

Exporta con mayor valor agregado.

Reduce asimetrías regionales.

Incrementa su soberanía económica.

Mejora la cohesión social.

Sin ejes verticales fuertes, los corredores bioceánicos pueden transformarse en simples canales de extracción.

Patagonia: epicentro del debate estratégico

La Patagonia ocupa un lugar central en esta discusión.

Reservas de hidrocarburos.

Potencial en hidrógeno verde.

Recursos hídricos.

Pesca marítima.

Puertos estratégicos en el Atlántico Sur.

Si la infraestructura solo facilita la exportación directa, la región puede quedar subordinada a lógicas externas. En cambio, si se fortalecen los ejes internos, puede convertirse en un polo de desarrollo integrado.

Infraestructura y soberanía: una decisión política

La infraestructura nunca es neutral. Cada ruta define flujos, prioridades y modelos productivos.

La IIRSA representó una apuesta por la conectividad regional. Pero hoy el desafío es actualizar esa visión con una estrategia nacional clara.

Argentina necesita:

Terminar la Ruta 40.

Impulsar la Ruta 50.

Modernizar ferrocarriles norte-sur.

Integrar puertos patagónicos.

Coordinar planificación federal.

Redefinir la geopolítica del desarrollo

Los corredores bioceánicos de América del Sur han transformado el mapa logístico continental. Pero también han planteado un dilema estratégico.

¿Seremos territorio de paso o nación integrada?

La respuesta no está en rechazar la integración regional, sino en complementarla con una fuerte columna vertebral norte-sur.

La Ruta 40 y la Ruta 50 no son simples carreteras: son decisiones sobre el futuro productivo, territorial y soberano de la Argentina.

El desafío es claro: convertir los corredores transversales en herramientas del desarrollo nacional, y no en simples venas abiertas por donde se escurren nuestros recursos naturales.

La geopolítica del siglo XXI se construye sobre asfalto, puentes y puertos. Y el sentido de esas obras definirá el destino del continente.

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